Vi a mi primer paciente recién terminada la carrera. Eso fue en 1994. La formación en la unidad de Terapia de Conducta de la Universidad de Barcelona era un regalo. Desde la primera semana estabas viendo pacientes reales, personas que venían a tratarse. Nosotros llevábamos los casos por equipos de parejas y éramos supervisados sesión a sesión por uno de los dos supervisores.

Me sirvió para entrar en contacto con la terapia clínica, aprender a manejar un manual diagnóstico, (que después solté), pasar baterías de test, realizar análisis funcionales… es decir, entrar en un nivel de protocolo que en aquel momento, recién terminada la carrera, me fue muy bien al tenerlo todo tan estructurado y tan bien monitorizado.

Pero por lo común, en los casos en los que trabajaba, observaba que había “capas”, “causas”, “raíces”… que el grueso del iceberg yo lo presentía, pero me faltaban herramientas para verlo y para abordarlo. Entonces fui a conocer la vertiente humanista. Aprendí a mirar el iceberg por debajo de la superficie.

La Psicoterapia Clínica Integrativa incorpora el cuerpo como parte a escuchar de manera activa y sobre la que trabajar también de manera activa, de la mano de la terapia bioenergética pero también con trabajos que tienen que ver más con la Gestalt, el tantra, o la meditación. Además incorpora aspectos de otros abordajes humanistas. Tiene en cuenta las etiologías de enfermedades somáticas con una fuerte base psicógena, identificando algunas manifestaciones psicosomáticas típicas en cada carácter. Integra también la caracterología Reichiana con la del Eneagrama, de manera que aporta un “mapa” muy dinámico y muy profundo con el que guiarse. Por último da unas nociones básicas pero inestimablemente valiosas sobre psicoanálisis lacaniano, lo cual dota al terapeuta de, -además del mapa anterior-, una buena brújula.